Neurosexismo

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Nuestros intelectos no están presos de nuestro género o nuestros genes. El objetivo de todas aquellas personas que afirman lo contrario es sencillamente ocultar estereotipos de otra época bajo un manto de credibilidad científica.

Cordelia Fine[1]

Los cerebros determinados por el género son un mito cisexista.

El neurosexismo es aquella suposición de carácter sexista que defiende que las diferencias de género que percibimos en nuestro carácter y comportamiento tiene su origen en las diferencias biológicas de nuestro cerebro. La creencia en las diferencias de género naturales contribuye a crear una profecía autorrealizada: el neurosexismo proporciona una infraestructura que fomenta la diferencia de trato de niños y adultos en base a su género, lo que origina modificaciones en su comportamiento y. a cambio, crea en estas personas lo que conocemos como diferencias de género, un elemento que en sí mismo sostiene al propio neurosexismo — el paradigma de la lógica circular y la profecía autorrealizada.[2][3]

El neurosexismo es una falacia cuyo origen se encuentra en la intersección entre neurociencia y sexismo. Los máximos responsables de este sesgo son las fuerzas institucionales y culturales, cuya influencia provoca que en la investigación neurocientífica (entre la que se incluye la neurobioogía y la neurología) se tomen como bases consideraciones cisexistas sobre el funcionamiento de nuestro cerebro, y por ende, nuestra mente.[4][5][6][7][8][9][10][11][12][13][14][15][16][17][18][19][20][21][22][23][24][25][26][27][28][29] It is deeply misplaced, but has nonetheless priovided a bedrock for sexism to gain superficial scientific validity in the eyes of many both within the scientific community and outside it.[2] Aunque es un planteamiento totalmente erróneo, ha servido como cabeza de playa para que el sexismo desembarque en las calas del rigor científico a ojos de mucha gente, tanto dentro como fuera de la comunidad científica.

Perjuicio infantil

Exagerar las diferencias de género conduce a una situación peligrosa en las expectativas de progenitores, docentes y de los propios menores. La fe que profesamos a nuestras hijas es la que provoca su auge o caída, y cuanto más hincapié hagamos en las diferencias entre niños y niñas, más probable será que esos estereotipos arraiguen en su autopercepción y en sus profecías autorrealizadas.

—Lise Eliot[2]

Atamos a las personas a roles de género desde el mismo momento de su nacimiento.

Aparte de su carácter pseudocientífico, con todo el perjuicio que eso conlleva a la investigación científica, el neurosexismo es un agente activo en la creación de diferencias de género al incitar a docentes y progenitores a tratar a niños y niñas de manera diferenciada.[3][30] Las normas culturales y sociales también ejercen un papel determinante, ya que riegan la semilla del propio neurosexismo mediante la creación, a su vez, de diferencias de género, origen de otras nuevas diferencias.

Un estudio sacó a la luz que los chicos lanzaban mejor la pelota con su brazo bueno que las chicas —sin embargo, cuando se les pidió lo mismo a ambos pero con el otro brazo, no había diferencias de género. Si el elemento biológico fuera el único determinante de la habilidad para el lanzamiento de pelota, los chicos lanzarían mejor que las chicas con ambos brazos. Era la práctica, no la habilidad innata, la que hacía que los chicos fueran mejores lanzadores. Jugar a videojuegos de persecuciones o de rastreo también mejora las habilidades mentales de rotación.[2]

Historia

La palabra

El término neurosexismo fue acuñado por Cordelia Fine en su libro Delusions of Gender (La ilusión del género) con el objetivo de dar una descripción al fenómeno que presupone diferencias esenciales entre los cerebros masculino y femenino en los campos de la neurociencia, neurobiología y, más ampliamente, en las ciencias del cerebro y la cognición.[31] Gracias a textos científicos paralelos y a otras voces que han dado apoyo a su punto de vista, este fenómeno ha sido reconocido por multitud de científicos neurológicos y cognitivos.[1]

El concepto

El concepto sobre el que versa la idea de que las diferencias aparentes o reales en nuestro cerebro son causa directa de las diferencias de género ha servido para mantener a los cuerpos leídos como mujer sometidos a opresión y marginalización desde mucho antes que Fine escribiera su libro.

Hemos creído durante muchos años que una diferencia esta vez sí, estructural — el mayor tamaño del cerebro en hombres — era un elemento clave para determinar la inteligencia; finalmente, se averiguó que apenas tenía consecuencias. Sin embargo, esta falacia ha sido la responsable de mantener a las mujeres de las universidades durante años.[2]

Definiciones complementarias

El diccionario web Wiktionary define el neurosexismo como:

El uso de la investigación neurocientífica para reforzar prejuicios sobre las diferencias sexuales naturales.[32]

Sexo neurológico vs. Sexo biológico

Algunas activistas transgénero, las truscum (que niegan la identidad de personas trans que no han sido diagnosticadas con disforia de género, en sus términos cismédicos y patriarcales), las TERF (feministas transexclusivistas) y muchas radicales feministas hacen uso de expresiones como sexo neurológico para referirse a una determinada configuración neurológica que da lugar a un cerebro determinado por el género y de sexo biológico como sinónimo de genitales.

Ambas expresiones, además de ser anticientíficas, son sujeto de opresión. Estos son los motivos:

  • El sexo biológico, usado en este caso para describir el tipo de genitales de una persona, conlleva un uso erróneo de la palabra sexo/género. Atribuir en términos de género el pene a los hombres y las vaginas a mujeres tiene como consecuencia, por ejemplo, la denominación de género errónea para los cuerpos de las mujeres trans. Una forma más correcta de describir los genitales en debates de género, es hacer uso de las palabras que nos proporciona la biología, como vulva, glande, clítoris, testículos, etc. Sexo biológico es un concepto tóxico porque la categorización de partes del cuerpo humano dentro de las categorías macho/hembra actúa en perjuicio de las personas intersexuales o trans. Muy a menudo, las personas intersexuales se ven obligadas a someterse a intervenciones quirúrgicas que en otras tantas ocasiones, les provocan lesiones que afectan a su vida sexual.

Existe una minoría de personas transgénero, personas partidarias del síndrome de Harry Benjamin y de truscum que se han apropiado del concepto de género neurológico para intentar alcanzar, consciente o inconscientemente, una posición de privilegio y de respeto mediante el uso de un lenguaje neurosexista. Solo es otra manera que tiene la opresión de manifestarse.

Recurriendo a la normatividad cis, a conceptos científicos y médicos desfasados y a comunidades académicas con conciencia de género, las personas partidarias del síndrome de Harry Benjamin y las truscum obtienen de esta manera aceptación y reconocimiento. En otras palabras: naturalizan y propagan el cisexismo por los beneficios a corto plazo que obtienen en términos de hegemonía de género. Cuando alguien se hace eco de la normatividad, cuando alguien se compromete con el kyriarcado, como cuando alguien acepta el binarismo de género y que tales genitales o tal cerebro están bien y tales otros están mal, adopta forzosamente el papel de guardián. De esta manera, las truscum y las partidarías del SHB, sistemáticamente por su ideología y su objetivo último de normalización de kyriarcado, aceptan el sistema cisnormativo, rechazan a las personas no binarias y presentan un comportamiento tóxico ante todas aquellas personas del espectro trans, a quienes ven como una amenaza para sus intentos de inclusión dentro de ese sistema. Estos últimos comportamientos son un efecto colateral de su teoría por definición, prácticamente, ya que las personas truscum y las comunidades partidarias del SHB no tienen ningún interés en la aceptación, (permitir la existencia de ciertas personas sin que se vean obligadas a cambiar), sino en la asimilación (que esas personas se amolden al sistema cisnormativo).

Las partidarias del SHB y las truscum, en otras palabras, hacen uso de herramientas de opresión (binarismo, diadismo, género binario, neurosexismo, etc.) para construir una estructura que cabalgue a lomos del colonialismo, racismo y cisexismo inherentes a la ciencia y medicina occidentales. Para proteger esta estructura de la crítica de fuerzas opresoras, tienen que eliminar las voces trans y feministas disidentes que reclaman unas definiciones de género más inclusivas. Tanto para las truscum como para las pro SHB, la pseudociencia y, en concreto, el neurosexismo, les dan los fundamentos que necesitan por el mismo prestigio que ese lenguaje pseudocientífico contiene. El resultado final es la legitimación de sus ideas y comportamientos tóxicos y la perpetuación de la marginalización y la opresión tanto horizontal como vertical de personas trans y no binarias.

Ver también

Enlaces externos

Referencias

  1. 1.0 1.1 The gender myth, by Robin McKie
  2. 2.0 2.1 2.2 2.3 2.4 Neurosexism: Brains, Gender and Tech, by Caryl Rivers and Rosalind C. Barnett
  3. 3.0 3.1 Why Parents May Cause Gender Differences in Kids, by Sharon Begley
  4. New insights into gendered brain wiring, or a perfect case study in neurosexism?, by Cordelia Fine
  5. Cordelia Fine: Delusions of Gender, a video lecture by Cordelia Fine
  6. Plasticity, plasticity, plasticity…and the rigid problem of sex, Cordelia Fine, Rebecca Jordan-Young, Anelis Kaiser, , Gina Rippon, Volume 17, Issue 11, November 2013, Pages 550–551, Trends in Cognitive Science
  7. 7.0 7.1 Deconstructing Gendered Minds, by Daniel Toker
  8. The worst neurobollocks infographics on the web
  9. The Role of Fetal Testosterone in the Development of the “Essential Difference” Between the Sexes: Some Essential Issues, by Giordana Grossi and Cordelia Fine
  10. Book Review: Neurofeminism: Issues at the Intersection of Feminist Theory and Cognitive Science, edited by Robyn Bluhm, Anne Jaap Jacobson & Heidi Lene Maibom, by Dafne Muntanyola-Saura
  11. New insights into gendered brain wiring, or a perfect case study in neurosexism?, by Cordelia Fine
  12. asking questions about men and women by looking at teenagers, by Sophie Scott
  13. So, men and women's brains are wired differently – but it's not that simple, by Oscar Rickett
  14. Are Male And Female Brains "Wired Differently"? It’s Really Not That Simple, by Kelly Oakes
  15. What a difference a day makes: How social media is transforming scientific debate, by Dorothy Bishop
  16. Men, Women, and Big PNAS Paper, by Neuroskeptic
  17. Discussion on PubPeer: Sex differences in the structural connectome of the human brain
  18. Getting in a Tangle Over Men’s and Women’s Brain Wiring, by Christian Jarrett
  19. What's For Breakfast? Fried Girl and Boy Brainz! How Men's And Women's Brains are Dramatically Different And What It All Means, by Echidne of the Snakes
  20. Stop Looking For 'Hardwired' Differences In Male And Female Brains, by Virginia Hughes
  21. Environmental and Genetic Influences on Neurocognitive Development: The Importance of Multiple Methodologies and Time-Dependent Intervention, by Annette Karmiloff-Smith, B. J. Casey, Esha Massand, Przemyslaw Tomalski, and Michael S. C. Thomas
  22. “Fighting the neurotrash” ScienceGrrl discussion at WOW 2014
  23. Men and women do not have different brains, claims neuroscientist, by Sarah Knapton
  24. Neurosexism and Delusions of Gender
  25. Girls' and boys' brains respond differently to funny videos, by Christian Jarrett
  26. Reading books does re-wire your brain, but so does everything else, by Ian Steadman
  27. Our brains, and how they're not as simple as we think, by Vaughan Bell
  28. False Positive Neuroscience?, by Neuroskeptic
  29. SfN Neuroblogging 2012: Implicit and Explicit Gender Bias
  30. Calling All Female Brains: Stop the 'Neurosexism', by Rosalind C. Barnett and Caryl Rivers
  31. Delusions of Gender, by Cordelia Fine
  32. Neurosexism on Wiktionary
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